Conducía hacia su casa, venía de cenar con sus amigos, cuando de repente empezó a pensar en ella. Sonrió al darse cuenta de que últimamente sólo le apetecía estar en su compañía.
Creía haber perdido la capacidad de amar, pero estaba de nuevo escuchando la música de su corazón. Amaba a aquella mujercita.

Era una preciosidad, lo que más le atraía era su transparencia. La quería tal cual, humana, tremendamente sensible…intensa, con el sabor dulce de sus virtudes y el ácido de sus defectos. Tenía los ojos verdes, rodeados de ojeras. Hablaban sin la intervención de sus labios y la presencia del maquillaje. Costaba mirarlos directamente, por que mostraban su alma.
Pero ¿cómo era posible que pudiera quererla?, la conocía mejor de lo que nadie jamás lo haría. La había odiado, despreciado, anulado, ignorado e incluso maltratado psicológicamente. Sólo en pequeñísimas dosis y en microscópicas horas la había tolerado.
Poseía el encanto de la vulgaridad, pero estaba llena de polvo, el polvo del miedo a ser ella misma. La acompañaba el silencio de su voz.
Se sentía revolucionaría en su pequeño mundo, y decía estar cansada de tanta lucha. No era cansancio, era agotamiento, porque su mayor combate, lo libraba a diario, contra si misma.
Estaba dolorosamente afectada de una tristeza que se dibujaba en su semblante y se escribía en las arrugas de su ceño, permanentemente fruncido, aún en los momentos en los que reía. Era la sombra de una muerte, de la despedida más dura de todas las que vivió.
Se sentía extraña en su vida, pero asomaba tímida e irremediablemente su inconmensurable forma de amar. Tenía tanto amor dentro, que podía querer a los asesinos de su corazón, pero cada una de esas muertes manaba a la superficie de su cuerpo, en todo tipo de manifestaciones viscerales: vómitos, náuseas, migrañas, ansiedad. Era el llanto de su cuerpo, pero ella no veía aquellas lágrimas.

Entonces despertó de aquella vorágine de pensamientos y volvió a concentrarse en la conducción. Sonrió de nuevo, al sentirse llena de amor y llegó a su casa. Al entrar, se miró en el espejo y al ver su imagen reflejada, sonrió por tercera vez y la besó. Aquella era su mujercita querida. La que más odió en el ayer, pero la que recibiría todo su amor a partir de ahora y hasta que llegara su muerte. -¡Buenas noches cariño!- se dijo a si misma.
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